El elefante en la habitación: la huelga frente a la crisis del trabajo
Segunda respuesta a Rubén Morvolution
“Antes ser socialista era más sencillo conceptualmente, ya que el objetivo parecía relativamente claro: si se abolía la propiedad privada y se llevaba a cabo una planificación racional de la economía el resultado sería una sociedad mucho mejor. Y se pensaba que una clase obrera radicalizada lucharía por alcanzar este objetivo. Los debates se centraban en la naturaleza de las relaciones de poder existentes y en cómo motivar a los trabajadores para encaminarse hacia el socialismo. Si es cierto que hoy la sociedad capitalista está entrando en crisis porque se han socavado sus fundamentos en el trabajo proletario, esto nos enfrenta con problemas muy distintos. Y plantea la cuestión de qué significaría vivir en una sociedad que ya no estuviera basada en el trabajo”
Moishe Postone
Quisiera comenzar agradeciendo de nuevo a Rubén Morvolution -a partir de ahora RM- el tono constructivo del debate y la claridad expositiva que desarrolla en su argumentación en el artículo de réplica a mi texto anterior. Y no solo por una cuestión de obligada cortesía, sino también porque el planteamiento que expone refleja de forma muy fiel, en mi opinión, la línea de defensa más acertada de la apuesta por la huelga general desde las fuerzas políticosociales de la izquierda transformadora -tanto de tendencia marxista como anarquista-. Es decir, que la interlocución se desarrolla entre posiciones que realmente aspiran a transformaciones radicales, que van mucho más allá del carácter testimonial de un paro de 24 horas con demandas ilusorias de cariz reformista, que es el marco al que quieren reducir la movilización el sindicalismo de concertación, la izquierda progresista y todo el aparato político-mediático.
Aceptando pues de nuevo el terreno de debate que propone RM, y para evitar reiteraciones de lo ya expresado en anteriores textos, me centraré en dos aspectos, que creo que RM soslaya en el desarrollo de su argumentación, relacionados con la vigencia de la categoría de clase trabajadora, como sujeto en constitución o “recomposición”: “la clase no desaparece con sus viejas formas”, como reza el título de su réplica.
En primer lugar, y confiando en que se me disculpe la formulación quizás demasiado simplista del argumento, la cuestión clave a dirimir sería la siguiente: el paradigma de la izquierda tradicional se basa en que “la dependencia del capital respecto del trabajo” -en las propias palabras de RM-, a través de la explotación y la extracción de plusvalor, representa la “relación material fundamental” del capitalismo. Su inmediato corolario sería que “el horizonte comunista no consiste en perpetuar al proletariado, sino en superar el trabajo asalariado, la explotación y la propia división de la sociedad en clases”. Pues bien, en mi opinión, semejante cosmovisión revela una visión superficial de la absurda y degenerativa organización social vigente, que conlleva la pervivencia de un marco sociopolítico anacrónico, ejemplificado en la apuesta de la inmensa mayoría de la izquierda radical por la convocatoria de huelga general. Trataré de fundamentar tan rotunda e iconoclasta afirmación en algunas telegráficas constataciones.
El rasgo fundamental del capitalismo no es la explotación asalariada -aunque sí se trate obviamente de una conditio sine qua non, como la generación masiva de dinero-deuda o la sacrosanta propiedad privada, entre otras- sino la compulsión hacia la expansión infinita que ejerce el sujeto automático de la acumulación. Es decir, el sometimiento de todos los ámbitos de la organización social a la dinámica endógena de la reproducción ampliada del capital. La extracción de plusvalor de la fuerza de trabajo es, por tanto, un medio para un único fin: la propulsión ilimitada de la acumulación hasta devorar todas las fuentes de riqueza social y natural existentes en el crucificado planeta. Es pues esa carrera hacia el abismo ecológico y social el sello distintivo de la absurda organización social vigente. Pero no solo eso. Las contradicciones insolubles de esa dinámica autodestructiva -revolución acelerada de las fuerzas productivo-destructivas y sustitución de trabajo vivo por trabajo muerto- provocan una creciente “crisis del trabajo asalariado” y el desplazamiento de la voracidad de la extracción de riqueza social hacia la esfera parasitaria del casino financiero global y la inflación de activos vigente en el sector inmobiliario-.
Por lo tanto, el capitalismo degenerativo reúne dos rasgos que desbordan completamente el marco ortodoxo de la lucha de clases “desde el punto de vista del trabajo”: el embate redoblado contra los ámbitos de extracción de riqueza “gratuita” -naturaleza y trabajo reproductivo-; y, en segundo lugar, la hipertrofia de las actividades parasitarias, con el rentismo, la financiarización y la especulación inmobiliaria en lugares destacados. De lo anterior se deduce una consecuencia que trastoca drásticamente ese paradigma tradicional centrado en la lucha contra la explotación asalariada: esta galopante “crisis del trabajo que produce capital” -ejemplificada en la creciente divergencia entre la nula utilidad social de la mayoría de los empleos existentes y las necesidades de sostenimiento de la maquinaria de la acumulación- exige poner el foco en la lucha contra el trabajo en sí mismo, por su carácter superfluo, alienante y ecocida. Es decir, resulta perentorio salir de la trampa que tiene atrapadas a las fuerzas políticosociales supuestamente radicales desde hace décadas y reconocer que la lucha por unas condiciones “dignas” de trabajo no solo somete a la izquierda combativa a la estéril dinámica de las exigencias de reformas paliativas siempre insuficientes, sino que la obliga a reforzar «involuntariamente» la maquinaria de una acumulación depredadora que la está destruyendo. Se podría incluso llegar a afirmar provocadoramente que el marco laboral de los conflictos por el “reparto de la tarta”, frente al capital y el Estado burgués que lo sostiene, se ha vuelto contraproducente, ya que el éxito en este ámbito -mejoras salariales o preservación de empleos- redunda en perjuicio del mantenimiento de unas condiciones de vida dignas en un planeta habitable. Además, se trata en la mayoría de los casos de combates estériles y abocados al fracaso ante la creciente incapacidad del orden neoliberal vigente de sostener el decrépito Estado del Bienestar.
Cuando el siguiente shock -financiero, climático, pandémico, bélico, etc.- de un capitalismo global en descomposición acelerada impacte sobre la parasitaria e improductiva estructura económica española, las legiones de expulsados del espejismo de falso bienestar todavía actualmente existente engrosarán las filas de los excluidos de las menguantes migajas de riqueza y empleo que puede ofrecer la terciarizada y rentista economía de la piel de toro.
Y aquí es donde aflora la segunda objeción al corolario que RM extrae de la presunta preeminencia de la relación de explotación asalariada en el capitalismo: “La huelga, en este sentido, no representa para mí un fin ni una fórmula universal. Es una herramienta histórica de acción colectiva que permite intervenir sobre una relación material fundamental: la dependencia del capital respecto del trabajo”. Pues bien, si el capital es cada vez menos dependiente del trabajo productivo -recordemos de nuevo el enorme crecimiento del casino financiero global y del rentismo inmobiliario como fuentes de extracción de riqueza social-, las herramientas tradicionales de la lucha de clases como la huelga se tornan aceleradamente inservibles. No solo eso. Las demandas y reivindicaciones puramente redistributivas de la convocatoria de la huelga general del 11-N, suscritas incluso por las organizaciones sindicales sedicentemente combativas -v.gr. subida drástica de salarios y bajada nada menos que del 50% de los alquileres-, se vuelven en realidad, más allá incluso de su carácter ilusorio, contraproducentes, ya que tienden a reforzar un modelo socioeconómico inicuo que preserva intactas las bases de la depredadora organización social vigente.
De las consideraciones previas se deriva que concuerdo con el punto donde RM sitúa el núcleo de nuestro desacuerdo: “Creo que el desacuerdo fundamental se encuentra en la posibilidad de que la clase trabajadora vuelva a constituirse como sujeto colectivo de transformación social”.
Porque si la respuesta a la posibilidad planteada por RM es negativa, se habría de introducir un enfoque muy diferente en la forma de concebir las estrategias y los entornos en los que actualmente se desarrollan las principales luchas sociales de las clases populares -concepto, por cierto, que considero mucho más apropiado para el contexto actual descrito de “crisis del trabajo” que el de clase trabajadora-. Y, en ese caso, la intensificación de la degradación capitalista y su embate desaforado contra los ámbitos de la reproducción social y natural sitúa los escenarios preeminentes de la lucha de clases en lugares alejados del mundo del trabajo asalariado. Las nuevas formas de los conflictos que proliferan por doquier, protagonizadas en su mayor parte por las jóvenes generaciones de desposeídos de la ilusión pequeñoburguesa del trabajo y el pisito en propiedad, refutan la centralidad del trabajo como núcleo del antagonismo social: revueltas callejeras “anómicas”, protestas masivas contra la corrupción gubernamental y la degradación de las condiciones de vida -vivienda, educación, sanidad- se extienden por el mundo dibujando un escenario muy alejado del marco ortodoxo de las luchas sociales vigentes en la época dorada del movimiento obrero occidental, durante los «Treinta Gloriosos» años posteriores a la Segunda Guerra Mundial.
Esa necesidad de ubicar en el frontispicio del antagonismo social la lucha contra el trabajo en sí mismo, por muy utópica que parezca, es la que se desarrolla, en fin, en los espacios liberados de la mercantilización circundante que representan por ejemplo los centros sociales autogestionados. Y no solo en referencia al intento de ruptura con la esclavitud asalariada, sino también a la superación de los guetos entre los compartimientos estancos en los que está fracturada la alienada vida burguesa -laboral, familiar, escolar, etc.-, aspecto totalmente ausente del paradigma de la izquierda tradicional. Sin duda son, como ya se mencionó en el texto anterior, luchas parciales y precarias, con todas las limitaciones de su condición efímera, las dificultades de trascender las lindes del enclave y los potenciales conflictos internos derivados de la situación de acoso y presión continuos generados por la convivencia con un entorno hostil. Nada de lo anterior puede ser obviado. Pero tampoco es óbice para que, en las actuales circunstancias de colapso ecosocial galopante y de violencia desaforada del sistema de la mercancía, se trate de la forma de resistencia y de generación de alternativas que surgen desde abajo y que permiten desarrollar nuevas formas de vida comunitaria realmente transformadoras. Luchas que van mucho más allá de la reivindicación de una vivienda “asequible” para construir un proyecto de vida -mayoritaria en el actual movimiento de vivienda-, que en el fondo no es más que la añeja aspiración pequeñoburguesa de la estabilidad social, cada vez más improbable en un mundo que se desmorona a ojos vista. Máxime cuando históricamente -y mucho antes del surgimiento del movimiento de vivienda actual- la apertura de este tipo de grietas en el macizo muro de la ciudad-mercancía fue la primera línea de resistencia de las capas sociales más concienciadas y de los jóvenes «antisistema» ante el embate de la violencia inmobiliaria y urbanística en los albores de la revolución neoliberal. Y es altamente probable que cuando el próximo e inminente shock del capitalismo terminal deje a grandes contingentes de las clases populares ante el abismo del impago de su precario alojamiento en alquiler o hipoteca, esta infraestructura radical devenga el frente primordial para combatir el fascismo rampante y la barbarie hobbesiana que se avecina.
Lo anterior entronca con la crítica de cierto eclecticismo que aparece en el planteamiento de RM acerca de la complementariedad de las luchas sociales: “Una huelga no tiene por qué absorber la autonomía de las asambleas de vivienda, del mismo modo que las okupaciones y las redes comunitarias no tienen por qué presentarse como alternativas excluyentes a la acción colectiva en los centros de trabajo”. Si bien no se discute la necesidad, a pesar de su mencionado carácter ambivalente, de las luchas defensivas de reducción de daños -el único ámbito donde tienen lugar actualmente las huelgas laborales-, también se han de señalar de nuevo las insolubles contradicciones que se han de afrontar -v.gr. el conflicto entre el ecologismo y la lucha de clases tradicional- y la drástica diferencia con las vías de lucha social “ofensivas”, que implican transformaciones reales de la vida cotidiana amén de significar resistencias a pie de calle a la agresión creciente de la violencia inmobiliaria.
En este contexto de un capitalismo desquiciado, en pleno desarrollo de una crisis multifactorial devastadora, la huelga y demás herramientas del paradigma tradicional de la lucha de clases se tornan pues casi inoperantes para responder a las acuciantes necesidades de las masas desposeídas. En esa dramática tesitura solo quedarán pues dos opciones: la barbarie fascista y ecocida que pugne por sostener las ruinas del “orden del capital”, o las luchas populares que resistan y que ofrezcan alternativas integrales frente a la apisonadora de una organización social en descomposición acelerada, que ya no atiende a las reglas del contrato social vigentes en los tiempos “normales”.
