Huelga, sujeto y utopía «positiva»: respuesta a Rubén Morvolution

Un paradigma obsoleto

«No son pocos los que, bajo estas circunstancias difíciles, sueñan con una nueva unidad de clase acorde a los principios de la izquierda tradicional y del movimiento obrero (…). De ahí se deriva la idea, tanto esencialista como metafísica -enunciada especialmente por Lukács-, de que la clase trabajadora representa la totalidad social y, por tanto, debe asumir la conciencia de ello»
Norbert Trenkle

Recientemente se ha publicado un artículo de réplica a mi texto de análisis de la situación del movimiento de vivienda, en el contexto actual de la «revuelta de las acampadas», y de crítica de la apuesta por la convocatoria de huelga general “por la vivienda” para el 11 de noviembre.


Antes que nada, quiero agradecer al autor -de seudónimo Rubén Morvolution, a partir de ahora RM- el tono constructivo y la claridad expositiva en la formulación de sus razonadas críticas y de las propuestas y reflexiones que plantea.

El título del texto de RM ya anticipa, de forma muy precisa, los puntos fundamentales del planteamiento que desarrolla: “La huelga como medio, la clase como sujeto: una respuesta al debate sobre el movimiento de vivienda”.
Me atrevería, por mor de brevedad, a sintetizar las principales tesis de RM en dos puntos neurálgicos. En primer lugar, como reza el propio título, la consideración de la huelga como un medio, no como un fin en sí mismo:
“La huelga no es el objetivo. La huelga ha sido uno de los instrumentos mediante los cuales la clase trabajadora ha aprendido a reconocerse como fuerza colectiva. Su importancia no reside únicamente en detener temporalmente la producción, sino en la posibilidad de que quienes sostienen la actividad económica descubran, mediante su propia experiencia, la capacidad que poseen cuando actúan conjuntamente”. El razonamiento de RM admite que, a pesar de que la convocatoria haya sido instrumentalizada por los sindicatos mayoritarios e incluso por el propio gobierno, y más allá de su grado de éxito en la paralización de la actividad económica, lo realmente importante es el proceso de «empoderamiento» colectivo, que pueda contribuir al fortalecimiento de la clase trabajadora. De este modo, la argumentación de RM se blinda ante las críticas más directas a la movilización, centradas en la falta de realismo y el estatismo de las demandas formuladas, o en su cooptación por los sindicatos de concertación, marginando la vertiente radical y antigubernamental de la iniciativa y capitalizando el impulso inicial surgido de la masiva movilización social que arranca con el despiadado desahucio de Maricarmen Abascal.
Sin embargo, RM omite que en el artículo original ya se esboza la crítica de su estrategia de defensa «indirecta» de la huelga, como medio de constitución del sujeto colectivo, mediante la alianza entre las organizaciones «combativas» de la clase trabajadora y el movimiento de vivienda:
«La respuesta ante tales críticas por parte de los partidarios de la huelga desde la izquierda radical política y sindical suele consistir en una defensa “indirecta” de la movilización, no solo como un fin en sí misma, sino como un medio para potenciar la organización y el empoderamiento de los colectivos populares y de trabajadores».
En segundo lugar, y aceptando el terreno que RM propone como el apropiado para evaluar el grado de acierto de la convocatoria, voy a centrarme en lo que considero que es el núcleo de la tesis central que desarrolla en su texto. A saber, la pervivencia de la clase trabajadora como potencial «sujeto» transformador, que debe ser «constituido» a través de la lucha y la movilización colectivas:
“Por eso, la diversidad de la clase trabajadora no elimina su importancia ni la capacidad de la huelga para convertirse en un instrumento de lucha colectiva (…). El objetivo no debería ser defender una herramienta por fidelidad a una tradición, sino contribuir a que la clase trabajadora contemporánea, diversa y fragmentada, pueda constituirse en un sujeto capaz de intervenir conscientemente sobre sus propias condiciones de existencia”.
La cuestión neurálgica, que sirve de fundamento para la defensa de la huelga desde las organizaciones de la izquierda radical y cuyo planteamiento el texto de RM refleja de forma paradigmática, gira por tanto alrededor de la vigencia de la categoría sociopolítica de clase trabajadora y, en consecuencia, de la posibilidad de formación de un «sujeto» en base a ese marco. A partir de la validez o no de tales premisas, el argumento de defensa «indirecta» de la huelga se sostiene o se desmorona.
La tesis fundamental que quiero contraponer a la expuesta por RM podría formularse de la forma siguiente: la definición clásica de la clase trabajadora con vocación antagonista -con «conciencia de clase»- no resulta operativa en la realidad social vigente, ni puede, en consecuencia, servir de base para la constitución de ningún sujeto colectivo ni como fundamento de las luchas sociales realmente transformadoras. Si esta iconoclasta afirmación es correcta, la apuesta por la huelga general queda huérfana de sujeto que la sustente y encierra a la espontánea movilización contra la violencia inmobiliaria en el periclitado paradigma tradicional de la lucha de clases «desde el punto de vista del trabajo asalariado».
La respuesta ante tal enmienda a la totalidad del marco escolástico someramente descrito suele fundarse en dos pilares, que RM expone con claridad meridiana. El primero, la ya mencionada diversificación y transformación de la estructura y la composición de la fuerza laboral en la etapa neoliberal, que no pondría en cuestión la vigencia del sujeto histórico:
“Para comprender la importancia de la huelga en la actualidad, debemos abandonar la idea de que la clase trabajadora se limita al proletariado industrial tradicional. El mundo del trabajo ha cambiado profundamente y, con él, la composición de la propia clase trabajadora”.
Y, en segundo término, se acepta la extensión de la lucha de clases más allá del ámbito exclusivamente laboral. La cuestión del acceso a la vivienda no constituye, por tanto, en palabras de RM, un problema «exterior a la lucha de clases»: «La crisis de la vivienda muestra con especial claridad que la explotación y las condiciones de reproducción social no pueden analizarse por separado». El sustrato teórico que opera bajo esos argumentos socioeconómicos sería la evidencia de que la venta de la fuerza de trabajo sigue siendo una necesidad ineludible para las mayorías sociales y asimismo para la reproducción de la maquinaria de la acumulación de capital. Ante la aparente plausibilidad de tales razonamientos y la consiguiente incredulidad que produce su cuestionamiento, surge inmediatamente una pregunta:
¿Cuáles serían pues las razones para cuestionar la validez del uso de la categoría de clase trabajadora como fundamento de la construcción de un proyecto anticapitalista y como sujeto colectivo en base al cual aumentar la potencia transformadora del antagonismo social?
En primer lugar, y como reconoce en parte RM, la radical transformación de la estructura económica de la sociedad capitalista -al menos en el mal llamado Primer Mundo- en el último medio siglo ha dejado obsoleto el mundo en el que la clase obrera era la protagonista del conflicto social en el capitalismo «progresivo». Es decir, no nos hallamos únicamente ante una «recomposición» de la estructura económica que podría dar lugar -como defiende RM- a una reconfiguración de la clase que conserve su carácter potencialmente antagonista. Se trata más bien de la desaparición de la realidad sociohistórica concreta que sirvió de humus a la germinación de la conciencia de clase durante la fase expansiva de la acumulación capitalista.
El encarnizamiento de las políticas neoliberales, que ha desmantelado sectores industriales enteros y generado una estructura económica dual, escindida entre un sector de trabajadores estables -la manoseada categoría de la «clase media»- y un enorme océano de precariedad y sobreexplotación, ha hecho desaparecer el paisaje social y el entorno laboral en los que las organizaciones de la izquierda tradicional disfrutaron de su época dorada. Este contexto se esfumó a partir de la crisis crónica de los años 70 y de la irrupción subsiguiente de las despiadadas políticas neoliberales. No solo eso, la proliferación de actividades improductivas, nocivas o superfluas, que solo se justifican por las necesidades de la acumulación, y la expansión sin fin del casino financiero global -con su corolario en el endeudamiento masivo de las clases populares: la «cadena de oro» de la hipoteca, en los poéticos términos de Marx- destruyeron el tejido sociológico que había servido de élan vital para el desarrollo de las organizaciones obreras.
A la radical metamorfosis esbozada de la estructura socioeconómica de un capitalismo cada vez más degenerativo y ecocida se añadió otra transformación decisiva para la pervivencia de la conciencia de clase, que entronca directamente con la actual tragedia inmobiliaria y que representó el mayor éxito de las políticas tardofranquistas y neoliberales: la irrupción de la «España de propietarios, no de proletarios», en la ingeniosa formulación del ministro franquista Arrese. Precisamente, uno de los recurrentes argumentos -esgrimido también por RM- de la defensa de la existencia de la clase trabajadora es la presunta condición ambivalente de la figura del trabajador-propietario. Recordemos que más del 60% de los trabajadores en activo y del 80% de los pensionistas son propietarios de al menos una vivienda en la piel de toro:
“Que una parte de la clase trabajadora posea una vivienda no elimina automáticamente su dependencia salarial, del mismo modo que las diferencias patrimoniales, las contradicciones internas o las orientaciones políticas reaccionarias no permiten concluir que la clase haya perdido toda posibilidad de constituirse como sujeto colectivo”. Esta defensa «agónica» de la preeminencia de la «dependencia salarial» sobre el patrimonio adquirido en la conformación ideológica del sujeto omite el carácter intrínsecamente conservador de la condición de propietario y de su proyecto de vida pequeñoburgués y, sobre todo, la imposibilidad de conciliarla con la aspiración irrenunciable de cualquier propuesta transformadora de abolir la propiedad privada. Tesis compartida, como ya se mencionó en el artículo inicial, por las dos almas del movimiento de vivienda, ambas también volcadas con entusiasmo en la convocatoria de la huelga general.
¿Realmente se puede sostener que en la cosmovisión ideológica del trabajador-propietario puede primar su percepción de la explotación asalariada sobre sus intereses patrimoniales en la revalorización de sus activos? ¿Puede mantenerse la conciencia de clase en una sociedad atravesada por la alienación del consumo masivo y la ilusión pequeñoburguesa del pisito en propiedad? A la luz de los datos sociológico-electorales -con el ascenso fulgurante de la ultraderecha, también entre las capas más humildes de la sociedad, en lugar destacado- no parece en absoluto que la respuesta a tales interrogantes pueda ser afirmativa.
No existe, en consecuencia, un cordón umbilical que conecte la explotación asalariada con la asunción de una cosmovisión anticapitalista. Más bien al contrario. El creciente rol exclusivamente defensivo de las movilizaciones realizadas por las organizaciones sindicales -en el ámbito laboral, pero también en el de vivienda- muestra que las luchas desde el punto de vista del trabajo hace mucho que dejaron de tener vocación emancipatoria y se han convertido casi exclusivamente en intentos de «reducción de daños», causados por la apisonadora del capitalismo neoliberal. Incluso resulta plausible darle la vuelta al argumento en defensa de la pervivencia de la posibilidad de recomposición del proletariado como sujeto histórico estableciendo, como muestra la siguiente reflexión del filósofo Søren Mau, su certificado de defunción: “No hemos de entender el movimiento obrero como la forma universal de la lucha contra el capital, sino como una manera históricamente específica en que el proletariado luchó contra una forma determinada de capitalismo en una época concreta. Y ya no estamos en aquella situación (…). El punto es que hoy el movimiento obrero ha colapsado. Y coincido con Endnotes y con pensadores similares que insisten en que no es posible reconstruirlo.”

¿Qué es en realidad hoy la lucha de clases?

Este carácter perecedero del paradigma tradicional de la lucha de clases tiene causas no solo sociohistóricas, sino también estructurales.
Cuando el sector de la circulación de capital -el “circuito secundario de acumulación”, en los términos del geógrafo marxista David Harvey- se convierte en el pivote que pugna a duras penas por sostener la matriz de rentabilidad del sistema, las luchas populares por las condiciones de vida y de subsistencia cotidiana devienen el fulcro principal de las resistencias frente a la devastación capitalista. De este modo, se desplaza la vieja centralidad del trabajo asalariado hacia los conflictos sociales alrededor de los bienes y servicios básicos, de la defensa del territorio que se habita y del genuino derecho a la ciudad usurpado por la voracidad de la financiarización capitalista y de la especulación inmobiliaria que propulsa. De hecho, el panorama que ofrecen actualmente las luchas sociales, en este mundo -en las célebres palabras de Gramsci- «grande y terrible», encaja como anillo al dedo con este marco, en el que los disturbios callejeros y las revueltas «espontáneas» ante las cada vez más arduas condiciones de vida constituyen las formas habituales de expresión de la ira popular.
El ecocidio rampante agudiza asimismo hasta el paroxismo la crisis del trabajo asalariado -sus crecientes nocividad y superfluidad- y la incompatibilidad, como señala certeramente el filósofo Moishe Postone, entre las luchas sindicales centradas en el «reparto de la tarta» con cualquier noción razonable de producción ecológica:
“Como el trabajo está determinado como un medio necesario para la reproducción individual en la sociedad capitalista, los trabajadores asalariados siguen dependiendo del crecimiento del capital incluso cuando las consecuencias de su trabajo, ecológicas o de cualquier otra clase, funcionan en detrimento de ellos mismos o de los demás».
Es decir, el marco tradicional de la lucha de clases, del cual está totalmente ausente la crítica del trabajo en sí mismo, omite una realidad aplastante: la mayoría de los empleos y de sectores económicos existentes son tóxicos, superfluos o directamente absurdos y deberían, como afirma el teórico anarquista Murray Bookchin, desaparecer:
“Un 70% de la fuerza laboral no realiza trabajo productivo alguno que pueda ser traducido en términos de producción real para el mantenimiento de un sistema racional de distribución”.
Pero hay otro motivo, incluso más profundo, que justifica, como señala de nuevo Postone, la inadecuación de la categoría central del antagonismo tradicional anticapitalista:
«El proletariado (y el trabajo por él efectuado) no es el sujeto histórico cuya realización y afirmación posibilitarían la abolición del capital. No constituye ningún punto externo al capital en el que anclar la crítica al capitalismo. Al contrario, la superación del capital requeriría de la abolición del trabajo (como mediación social general) y también del proletariado».
He aquí pues el quid de la cuestión: la imposibilidad de considerar el trabajo asalariado como el centro preeminente del antagonismo social, ya que ese rígido prisma, en palabras de John Holloway, “encierra al movimiento anticapitalista dentro del capital”.
En base a lo anterior, la divergencia fundamental con el planteamiento de RM -compartido, una vez más, por el sindicalismo «combativo» y por las dos «almas» del movimiento de vivienda- podría formularse del siguiente modo: si la clase trabajadora no es ni será el sujeto histórico del anticapitalismo ni la protagonista principal de las luchas de clases en el actual panorama de degeneración social y ecocidio que presenciamos en pleno desarrollo, la apuesta por la huelga general, como medio de constitución de un sujeto imaginario, no es más que una vía muerta. Ni que decir tiene, dicho sea de paso, que no se discute en absoluto la utilidad de la huelga como mecanismo de defensa contra los abusos patronales en conflictos laborales concretos, sino su conversión en el eje central de canalización de la movilización popular en curso contra la violencia inmobiliaria.
La realidad es, por tanto, que la convocatoria de huelga general y el proceso de «organización y lucha» que conlleva, caen de lleno dentro del paradigma tradicional ya periclitado y someten a la potente explosión popular que se expresa en la movilización de las acampadas a un rígido corsé organizativo y a un calendario ya establecido, que corren el riesgo de agostar su energía «destituyente» al concentrar los esfuerzos en un objetivo prioritario, ajeno al carácter genuinamente popular y horizontal de la revuelta. De hecho, ya se observa la incipiente escisión entre, por un lado, los colectivos y organizaciones -como el Sindicato de Inquilinas, el iniciador de la protesta en Madrid- que se retiran de las acampadas para concentrar sus esfuerzos en los comités de huelga creados a tal fin; y, por otro lado, los grupos e individuos que no se sienten identificados con esta apuesta de poner «todos los huevos en la misma cesta» y defienden otras vías de canalización y de expresión de la revuelta popular emergente.
En definitiva, si la huelga es solo «un medio», cuyo resultado no está garantizado y puede quedar «reducida a una convocatoria testimonial», según la prudente valoración de RM, entonces el criterio para juzgar la decisión de concentrar las energías emergidas de las acampadas en la preparación de la convocatoria debería ser la evaluación concreta del medio elegido: ¿articula o subordina al movimiento de las acampadas a sus exigencias y calendarios? La respuesta, ya planteada en el primer texto, es que lo subordina, al someterlo a las servidumbres de una movilización institucional con expectativas ilusorias: protagonismo legal y mediático de las centrales mayoritarias; inserción en la dinámica de la campaña electoral; apropiación gubernamental: «esta huelga no se convoca contra el gobierno, sino contra la oposición», según la coordinadora de la campaña socialista María Jesús Montero; y, last but not least, una lista de demandas reformistas y estatistas de las organizaciones convocantes.

La utopía «positiva»

Se trataría por tanto de explorar una estrategia diferente, que vaya más allá de la apuesta por la vía estéril de la huelga general y que pugne por canalizar la energía de las movilizaciones en curso hacia la potenciación de infraestructuras urbanas radicales, apuntando al desarrollo de una expansión “molecular” del levantamiento de las acampadas, más allá de la duración concreta del mismo.
En este punto, RM plantea su legítima discrepancia con lo que denomina la «orientación estratégica» del planteamiento descrito:
«Sin embargo, discrepo de la orientación estratégica que se desprende del artículo, especialmente cuando contrapone las posibilidades de la huelga general a la construcción de espacios autogestionados y experiencias de okupación». Sin duda es cierto, como arguye RM, que la apertura de estas grietas en la sociedad mercantilizada no supone ninguna garantía de «trascender las lindes del enclave» ni de cuestionar las «relaciones generales de producción y distribución». Empero, la cuestión sería, como ya se expuso en el texto inicial, que tales objetivos maximalistas tampoco son alcanzables mediante las utopías «negativas» que representan el reformismo gradualista y el milenarismo revolucionario. Y a diferencia de las movilizaciones dirigidas «hacia arriba», características del paradigma tradicional, las experiencias de autogestión popular representan, en palabras de Kike España, «interfaces de lucha, un punto de ensamblaje vecinal, de contagio de la desobediencia, de recomposición política y material del deseo de construir otras vidas en lucha». Es decir, apuestas concretas por resistir contra la depredación capitalista y transformar las relaciones sociales aquí y ahora.
Es decir, que no se trata, como afirma RM, de contraponer las supuestas potencialidades del proceso de preparación de la huelga a la construcción y el reforzamiento de los espacios autogestionados, ya que ambas estrategias se mueven en planos distintos: la huelga se inscribe en el marco ortodoxo de la lucha de clases y apunta hacia la constitución de un imaginario sujeto colectivo antagonista y la consecución de reformas institucionales; mientras que la liberación de espacios, la potenciación de los ya existentes y la creación de nuevas formas de vida comunitaria es trabajo práctico de base, huérfano del Estado y de la estéril dinámica movilización-reivindicación. Y precisamente por eso no son opciones complementarias, sino que «compiten» por una energía militante y unas capacidades organizativas que no son infinitas, amén de ofrecer expectativas y formas de lucha radicalmente diferentes. A diferencia pues de las utopías «negativas», la apertura de «grietas» de vida comunitaria en el marasmo de mercantilización que representa la ciudad neoliberal representa una utopía «positiva» y pragmática. Remito a lo ya expresado en el texto original:
«Empero, en los tiempos sombríos que vivimos, de avance imparable del huevo de la serpiente incubado por la caverna ultra y de intensa desmovilización social, cuando las alternativas transformadoras ya esbozadas resultan callejones sin salida y caminos estériles que no ofrecen ni un diagnóstico certero de la acerba realidad social ni estrategias apropiadas para transformarla, esta expansión molecular del antagonismo social es la única opción -por marginal y efímera que parezca- realmente pragmática».
No se trata solo, como sostiene RM, de un cuestionamiento radical de la propiedad privada por la vía de la acción directa, sino también de una apuesta por la superación de los guetos -familia nuclear, trabajo asalariado, ocio consumista, etc.- en los que actualmente está estructurada la vida cotidiana en la sociedad burguesa. Y también, de una crítica del trabajo en sí mismo -inexistente en el paradigma ortodoxo de la clase trabajadora- como eje cohesionador de la vida social alienada.
Un ejemplo práctico de la vía a seguir se puede encontrar en la acción realizada recientemente por la Acampada de la Plaza de Cataluña de Barcelona: la okupación de un edificio abandonado durante 25 años, bautizado como «La Revuelta», para convertirlo en nodo de luchas sociales y en lugar de acogida para personas sin hogar.
«Se trata de construir una herramienta de organización y respuesta colectiva. Las personas que vivirán son militantes comprometidos con las luchas sociales y el proyecto quiere convertir el edificio en un punto clave de organización: cada día el conjunto del edificio se movilizará para apoyar a las convocatorias y participar en acciones para parar desahucios».
Más allá de su condición efímera -el desalojo manu militari se produjo a las pocas horas-, el valor real de la experiencia radica en su carácter prefigurativo, que realiza en el presente, por limitado e inestable que parezca su alcance, las nuevas relaciones sociales que propugna, en lugar de diferirlas a un futuro condicionado a la constitución de un imaginario sujeto antagonista: «Han desalojado un espacio, pero no un movimiento. La Revuelta ya existía antes de abrir aquella puerta y continuará después de cerrarla». El manifiesto del CSO La Enredadera, ya mencionado en el primer texto, abunda en la vocación de «semilla» de los espacios liberados: «Cuando nos vayamos de Sol, seguiremos en cada barrio y pueblo, en cada Centro social autogestionado y movimiento social. Si nos echan de uno, abriremos otros”.
La propuesta que se desprende, en definitiva, del planteamiento previo se apoya en la convicción de que la apuesta más fructífera, para aprovechar la potencia del actual florecimiento de vida comunitaria que se desarrolla en las acampadas, consistiría en el reforzamiento de estos espacios liberados de la ciudad mercancía como nodos de una infraestructura urbana radical, en lugar de emplear vanos esfuerzos en apostar por la organización de una huelga general abocada a convertirse en una vía muerta.

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