Taxonomías (I)

¡Qué tiempos son estos, en los cuales es casi un crimen hablar sobre cosas inocentes pues implica callar tantos horrores!
Ese, que cruza tranquilamente la calle,
¿no puede ser hallado jamás por los amigos que precisan su ayuda?
Bertold Brecht
¿Por qué unos individuos luchan (a sabiendas de la, más que probable, futilidad del empeño) contra un orden social injusto y perverso mientras que otros se adaptan, lo legitiman o transitan las múltiples vías del escapismo? ¿Qué tipo de condiciones psicosociales han de darse para que alguien afronte los riesgos del activismo y la rebeldía en detrimento de su bienestar material, ignorando aquel mantra pequeñoburgués, epítome del cinismo moral: “disfruta de la vida: no te metas en problemas”? ¿Es necesario, para romper la baraja de la algodonosa cotidianeidad, sufrir agudas privaciones o debería bastar simplemente con la certeza de la iniquidad del reino del capital? ¿Por qué resulta incluso extemporáneo atreverse a afirmar que aquellos que tienen el coraje de enfrentarse a un entorno despiadado en lugar de aprovecharse de sus migajas son “mejores” que los que asisten (en el mejor de los casos) pasivamente al festín? ¿Debería ser un baldón para los que “comprenden” la realidad recluirse en su refinada privacidad, su relativismo prêt-à-porter y sus inocuas buenas causas mientras la falta de comprensión exoneraría a los repartidores de Domino’sPizza, que “ni sienten ni padecen” entre vídeojuegos, litronas y telebasuras varias?

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De obras «sociales» y causalidades remotas

Uno de los rasgos más repulsivos del inicuo paisaje moral del tardocapitalismo es el barniz benéfico-solidario que pretenden arrogarse las instituciones capitales del sistema económico vigente. A través de sus potentísimos departamentos de mercadotecnia y de la creciente apelación a la, tan en boga actualmente, «responsabilidad social corporativa», grandes bancos y poderosas multinacionales tratan de envolverse, en su ansia por dulcificar su acerada imagen de tiburones desalmados, con los mantos beatíficos de la cooperación y la ayuda a los «necesitados» de la tierra. Mastodónticas corporaciones empresariales, adalides feroces, en su práctica habitual, del neoliberalismo más descarnado, sin bridas ni cortapisas sociales de ninguna clase, devienen así (con sus fundaciones, obras sociales y demás apéndices asistenciales) celestiales hermanitas de la caridad que acuden prestas en ayuda de los colectivos desfavorecidos. Se muestran, de este modo, sumamente preocupadas por mitigar, de cara a la galería, los desastres sociales y los masivos daños ecológicos que ellas mismas crecientemente infligen. Las instituciones financieras hegemónicas, con mando en plaza en el diseño de las implacables políticas neoliberales en curso, venden, publicitándolas a troche y moche, las benéficas y «dinamizadoras» actividades que desarrollan sus Obras Sociales y Fundaciones «sin ánimo de lucro». Con toda la fanfarria que sus ingentes medios de propaganda permiten, proclaman a los cuatro vientos su condición de grandes mecenas del arte de vanguardia, de los congresos científicos y de todo tipo de maravillosos proyectos de desarrollo sociocultural aptos para insertar en ellos sus omnipresentes logotipos. Toda la maquinaria de embellecimiento de la imagen «corporativa» está al servicio de un único objetivo ideológico: ocultar su presencia, sumamente asimétrica, en los dos extremos de la cadena causal que enlaza sus crematísticas actividades con las dramáticas consecuencias que provocan. Es decir, el mismo agente que provoca el daño facilita (en un grado infinitamente menor) las cataplasmas para paliar algunos efectos «colaterales» del destrozo provocado por su activa y protagonista participación en un orden económico depredador. Para ello cuentan, además de la vergonzante complicidad (vía profusa financiación publicitaria) de los mass media y de las instituciones públicas que deberían embridarlas, con la valiosísima cantera laboral formada por las legiones de trabajadores cualificados que, en la cacareada sociedad de la información y el conocimiento, tienen en el sector asistencial uno de los pocos nichos de empleo para evitar su desclasamiento o proletarización.

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La revolución de la vida cotidiana

En los últimos meses han surgido en Barcelona varios centros sociales okupados (Bancos expropiados) en las sedes de antiguas sucursales bancarias, abandonadas por centenares, cual pecios en el fondo del océano, por las extintas cajas de ahorros. Una vez pasada la tempestad especulativa y los días de vino y rosas de pelotazos, hipotecas basura y preferentes a mayor gloria y cartera de constructores, ediles, leguleyos y demás expoliadores del erario, fueron desguazadas a cargo del sufrido contribuyente para su posterior entrega, en bandeja de plata y por un módico precio, al mejor postor.
La inserción de dichos lugares «liberados» en el tejido de los barrios conlleva la apertura de grietas en los hábitos sociales mercantilizados impuestos por las estructuras capitalistas de la vida cotidiana. Las prácticas comunitarias que en ellos se desarrollan ofrecen atisbos de las potencialidades de desarrollo de la vida social, sin las bridas y camisas de fuerza que las reglas del juego imperantes le imponen. A pesar de su aislamiento, el solo hecho de crear entornos autónomos donde se abran posibilidades de desarrollar actividades no lucrativas que impliquen cooperación, apoyo mutuo y estímulo de múltiples tejidos asociativos y vecinales supone, por su radicalismo creativo, un aldabonazo que apela, poniéndolos prácticamente en cuestión, a los cimientos de la ciudad-mercadería circundante.

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Dos cosas sobre economía (con perdón)

Uno de los éxitos ideológicos más notables del entramado dominante en las sociedades llamadas desarrolladas es haber logrado que el grueso de la población tenga una casi absoluta incomprensión de los fundamentos estructurales del sistema económico vigente. Para el ciudadano de a pie la teoría económica es una disciplina abstrusa, cuyo código talmúdico sólo es apto para iniciados en sus arcanos que, graciosamente, (pero sin desvelar nunca sus ignotas fuentes) nos revelan las recetas apropiadas para alcanzar, con mucho tesón y sacrificio, el ansiado bienestar general. Todos recordamos la patética escena de un presidente del Gobierno suplicando en un acto público explicaciones sobre tan intrincada materia que, «en dos tardes», le iba a proporcionar su servicial ministro del ramo. Para eso están también los expertos de los servicios de estudios de ESADE, la Escuela de Chicago o el FMI. Ellos son los oráculos de los sacrosantos «mercados», que saben lo que conviene al progreso universal y brindan generosamente al vulgo ignaro las medidas a seguir para alcanzarlo. Aunque a veces haya que asesinar, para eliminar fricciones en la perfecta maquinaria del libre mercado, a unos cuantos miles de peligrosos radicales izquierdistas en un país del Cono Sur que se resistían obstinadamente a la benéfica aplicación de las recetas neoliberales que esparcen el bienestar por doquier. Si creen que exagero, extraigo sólo un fragmento de la carta del «arrepentido» Davison Budhoo sobre los «civilizados» métodos del FMI: «Para mí, esta dimisión es una liberación inestimable, porque con ella he dado el primer gran paso hacia ese lugar en el que algún día espero poder lavarme las manos de lo que, en mi opinión, es la sangre de millones de personas pobres y hambrientas. […] La sangre es tanta, sabe usted, que fluye en ríos. También se reseca y se endurece sobre toda mi piel; a veces, tengo la sensación de que no hay suficiente jabón en el mundo que me pueda limpiar de las cosas que hice en su nombre»

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De yoguis y drones

Las calles de mi barrio (el de Gracia, pequeñoburgués y fashion, del centro de Barcelona) rebosan de «chiringuitos» de las llamadas «tecnologías del yo»: reiki, yoga, Pilates, terapia Gestalt y demás placebos emocionales del atormentado hombre moderno. Su arquetipo paródico podría simbolizarse en el desternillante personaje de Woody Allen en la película Annie Hall, que representa genialmente el prototipo de urbanita neurótico acosado por continuos devaneos existenciales, entre ligues cremosos, exposiciones de Warhol y el diván del psicoanalista.

En una primera aproximación, sería tentador despachar el asunto emparentando esta exuberancia de «orientalismos» con la moda, más bien «ochentera»,  de las pseudociencias y supercherías parapsicológicas con las que entrarían en competencia y a las que, exitosamente, sucederían. O, de una forma más aséptico-terapeútica, destacar su función de lenitivos de una genérica «angustia vital» del burgués contemporáneo ante el estrés y las ímprobas exigencias de  su azarosa y mortal existencia.

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De pulsiones y gadgets

¿Cómo podría formularse la conexión (dándola por supuesta) entre el frenesí de relaciones sociales virtuales y iPhones con la pasmosa docilidad ciudadana ante la apisonadora neoliberal y la escasez de construcción de vínculos comunitarios, destacadamente de la juventud? ¿Se trataría de un caso de lo que el viejo Marcuse llamó desublimación represiva, refiriéndose a la reducción de la principal necesidad no primaria del homo sapiens (la libertad) a la sexualidad genital, pero añadiendo esta vez la erótica de la autoexhibición biográfica? En el tsunami de muerte y destrucción de un sistema que hace picadillo cualquier atisbo de vida buena, la aparente desinhibición sexual y la proliferación, cual plaga bíblica, de dispositivos comunicacionales devienen eficacísimos amortiguadores-sublimadores de la pulsión de rebelión. Y quizás la embriaguez narcisista asociada a esa erótica autorreferencial impide que pensemos, al menos un instante, como explicaba Deleuze, en la masacre de los mineros del coltán que hacen que funcionen nuestros maravillosamente sexys artilugios. La anomia moral resultante se convierte (con automortificación por el abuso freudiano) en un sumidero libidinal que cortocircuita la «pulsión» verdadera de pugnar por ampliar las grietas y cuñas comunitarias que atenúen la barbarie.

El sistema no es reformable, y Podemos tampoco

Comentario escrito un poco «a chorro» ( de ahí algún, espero que no demasiado grave, atropello sintáctico) a propósito del fértil artículo de Miguel León sobre Podemos:

Sólo para felicitar al autor por el fino estilete mostrado en el análisis del fenómeno (también en el anterior sobre los tabúes de Podemos) y para añadir a bote pronto un par de acotaciones sobre aspectos que, en mi opinión, quedan un poco relegados en los dos artículos.
Para ello lanzo dos preguntas (confío en que no demasiado retóricas) que están en el origen de las, en ocasiones, acerbas discusiones con otros camaradas (otro tabú) y que creo que pueden ser piedras de toque para situar el asunto:
¿Es preferible dar el apoyo y los desvelos a una opción como Podemos (con aparentes posibilidades de dar un buen bocado electoral pero con un adn típicamente reformista) como encarnación del “mal menor” o sería mejor no dejarse engañar por su “leninismo fláccido”, en la brillante expresión del autor, y seguir confiando en el bello slogan quincemayista: “vamos despacio porque vamos lejos”, sin atajos, poltronas ni espejismos telegénicos?
¿O habría más bien que oponerse, quizás con un poco de ferocidad, a esta maniobra supuestamente pragmática y realista pero harto utópica en su pretensión declarada de “utilizar” las instituciones para transformar la realidad, por el deletéreo efecto colateral de cuestionar la practicidad y virtualidad de los espacios políticos alternativos que, aun desde su marginalidad, introducen poco a poco cuñas en la barbarie circundante?
Como en las “olas” de los partidos de fútbol, en el estadio de educación política de la mayor parte de la ciudadanía el modelo de la urna y la competición, de “ganar pero no vencer”, como certeramente precisa el autor, resulta, en su puerilidad, tremendamente efervescente por su falsa pero potente promesa de redención. Sin embargo, y a riesgo de resultar demagógico y de destruir el efecto retórico de las interpelaciones, manifestaré mi convicción en la infinitamente mayor utilidad transformadora de las acciones que, empezando por abajo, pugnan por alterar los “ecosistemas” de la vida cotidiana.
En fin, esperando dejarme mucho en el tintero, recomendar simplemente dos de los pocos autores que, a mi humilde parecer, ponen el dedo en la llaga sobre el particular: Joaquín Miras y Carlos Taibo.
Seguimos…

El levantamiento quincemayista y la reaparición de las luciérnagas

Mucho ha llovido desde la vivificante explosión quincemayista. Las estancadas (y pestilentes) aguas de la vida política y mediática española se han visto sumamente agitadas por tan inesperado acontecimiento. Como era de esperar, los intentos de trivialización para desbravar las aristas más peligrosas para el establishment han sido ( después de la sorpresa inicial) feroces entre los que vieron las orejas al lobo del pueblo indomeñable que parecía atreverse a descorrer el tupido velo de la farsa partitocrática. Con el paso del tiempo se han puesto de manifiesto algunas virtudes y otros peligros de tan heterodoxa explosión de insatisfacción popular. Siguiendo las iluminadoras palabras de Carlos Taibo podrían distinguirse tres «almas», obviamente no excluyentes entre sí,  en las que ha cristalizado el movimiento: la ciudadanista, la anticapitalista y la institucional. La primera se limitaría a la reclamación de medidas de purificación democrática, lucha contra la corrupción y demás medidas regeneradoras; la segunda, por el contrario, optaría por la vía de la construcción de espacios autónomos de autogestión popular sin representaciones ni liderazgos y la tercera estaría encarnada por Podemos y demás estructuras de intervención política que se arrogan, pretendiendo fagocitarlo en su provecho, la representación exclusiva del quincemayismo.

Este magma complejo y estimulante es el que se trata de describir en el texto subsiguiente publicado en noviembre de 2011. Espero por lo menos no haber desmerecido demasiado con mis limitaciones y torpezas analíticas la enorme riqueza y potencialidad del, sin duda, hecho político más importante desde el advenimiento de nuestra Sagrada y Borbónica Democracia.

La metástasis del capital

La analogía médica (algo socorrida quizás), utilizada también por Alba Rico en la cita inicial,  describe sin embargo bastante apropiadamente la agudización galopante de la condición parasitaria del reino del capital y, por tanto, la más que probable superación del límite económico y ecológico a partir del cual el proceso degenerativo será irreversible. El texto, escrito en 2009 en los albores de la crisis, trata humildemente de fundamentar la intrínseca condición depredadora y degenerativa del Moloch, basada en sus propias condiciones de reproducción y mucho más allá de cualquier ilusión autolimitativa (como sabiamente expresa Castoriadis) de tinte keynesiano-reformista.

«La sociedad capitalista es una sociedad que corre hacia el abismo, desde todos los puntos de vista, porque no sabe autolimitarse. Y una sociedad verdaderamente libre, una sociedad autónoma, debe saber autolimitarse, saber que hay cosas que no se pueden hacer o que incluso no es necesario intentar hacer o que ni siquiera hay que desear»
Cornelius Castoriadis

La mutación antropológica

Apropiándome de este feraz concepto de Pasolini, escribí este texto hace cuatro años tratando de ofrecer algún atisbo de «táctica política» abundando en el, en mi opinión, doble sentido de sus magistrales Escritos Corsarios: desvelar los sofisticados mecanismos de conformación del consenso en la sociedad crematística y mantener prendida (venciendo la masiva tendencia al fatalismo cínico frente a esa dominación totalitaria del “poder sin rostro”) la llama de la, cada vez más acuciante, necesidad de rebelión.

Pasolini, efectivamente, anticipó en sus Scritti corsari y Lettere luterane (1976) nuestro presente, no sólo el de Italia. El triunfo de los valores de la economía burguesa y neocapitalista, la homologación total de las culturas subalternas (no de las diferencias de clase, por supuesto) en la civilización burguesa; el triunfo de una lengua y cultura de una nueva civilización tecnocrática, pragmática, totalitaria, basada en la mera comunicación, en la autoridad de los medios de comunicación de masas, y el consecuente genocidio –no sólo de las culturas subalternas– sino de la misma cultura humanista, expresiva y diferenciada. (…)

Texto publicado en el blog de la revista La Pecera